Por: Cristina Monsalve Granda
Tres días antes de su confirmación, dos años antes de su fiesta de 15, muchos años antes de lo previsto, Daniela, otra vez, empacaba en unas cuantas maletas los planes que ya alguna vez le había tocado rehacer, los sueños de adolescente que apenas estaban floreciendo y el proyecto de vida que debería ser replanteado quién sabe cuántas veces más.
Sus amigas del colegio Sagrada Familia, su idea de estudiar Licenciatura en Literatura y Lingüística en la Universidad del Valle y una infancia llena de momentos inolvidables debían quedar atrás; en esa tierra caliente, alegre y acogedora que es Palmira - Valle del Cauca, para dar paso a una nueva etapa de la vida en un lugar distante y frío: Santa Rosa de Viterbo, municipio del departamento de Boyacá.
“Llegué a Boyacá y me dio muy duro adaptarme. El Valle es muy caliente, alegre por donde vos querás que pasás, todo es muy festivo, muy folclórico, la gente es muy amable, te conocen desde que eras nada… Pero llegás a Boyacá, un pueblo que queda, si no estoy mal, a cuatro o cinco kilómetros de un páramo, donde el frío es increíble, donde las ventanas se empañan todas las noches, donde nadie te saluda porque te ven rara, no tenés como ellos los cachetes rojos, ni sos de cabello oscuro…”
Con un acento entre caleño, paisa y boyacense, con la alegría que la caracteriza y la nostalgia de todo lo que ha dejado atrás Daniela cuenta la historia de su vida que ha sido un viaje, un eterno ir y venir, una marcha que día tras día la hace más fuerte a pesar de que se siente “una desplazada del estado”.
Con una mochila típica colombiana, de jeans, tenis, y camiseta deportiva; ropa cómoda para emprender cualquier viaje, aborda el bus de sus recuerdos, sentada en las afueras de la estación del metro en la que más tarde tomará un tren que la llevará a encontrarse con quien definirá el próximo rumbo que tomará su vida.
“Ñañez” como le dicen de cariño sus amigos, ha vivido ya en siete ciudades diferentes, situación que se debe al trabajo de su papá Tarsicio Ñañez, un valluno que por ser Dragoneante del INPEC, ha debido, también, pasar su vida viajando.
De un lado para otro, pero siempre unido con su esposa Yaneth Virginia Restrepo, la cual conoció en Andes, uno de sus lugares de servicio, ha logrado conformar una familia que a pesar de la inestabilidad y los constantes cambios culturales ha sabido enriquecerse con las múltiples experiencias que han vivido en cada uno de los rincones de Colombia que, ahora aceptan, por suerte tuvieron la posibilidad de conocer.
No obstante, saben que su vida no ha sido fácil, que el hecho de viajar de un día para otro sin planearlo, cambiando de lugar, clima, cultura, comida y lo más importante, las personas alrededor, ha costado sudor y lágrimas que poco a poco han sabido dar su recompensa, aunque de alguna forma lleva a hacer una retrospectiva pensando que tal vez podrían estar mejor. Pero de cualquier manera, para Daniela es una tranquilidad saber que “Gracias a Dios los desplazamientos por diferentes ciudades son por cuestiones laborales, no por situaciones de orden público ni violencia” situación que, tristemente, aqueja al país.
| Itagüí fue su primer destino, lugar donde estuvo por corto tiempo. |
Los viajes que esta joven de 19 años ha realizado, como una migrante interna colombiana, comenzaron cuando tenía tan sólo seis meses de vida, momento en el que fue llevada por sus padres de su natal Palmira a Itagüí – Antioquia donde tan sólo estuvo por catorce meses.
De nuevo su padre fue solicitado en el Valle del Cauca, pero esta vez en el municipio de Cartago donde Daniela comenzó a estudiar desde muy pequeña ingresando a un Jardín, “no sabían qué hacer conmigo porque era hija única…De eso tengo recuerdos fotográficos muy vagos, de calles y eso, pero no de paseos…” Entre risas cuenta que en su infancia era bastante traviesa y este, su primer lugar de estudio, era el escenario perfecto para dar rienda suelta a sus inocentes juegos y travesuras.
Más adelante, pudieron volver a Palmira, donde estuvieron durante diez años disfrutando del sabor de la tierra, la cercanía de la familia paterna y la llegada de un nuevo miembro: el nacimiento de Natalia, la menor de la familia. Este lapso sería el mismo tiempo que le tomaría a Daniela imaginarse y planear toda una vida, mientras realizaba sus estudios hasta octavo grado, empezaba a vivir las experiencias propias de la adolescencia y se regocijaba en su familia que siempre la ha apoyado.
A los 13 años, una edad complicada para Daniela y su familia, se presentó el cambio más fuerte para ella, que debió dejar todo lo de su tierra natal a un lado para llegar a un sitio completamente diferente, que después entraría a engrosar la lista de los bonitos recuerdos y mejores experiencias culturales que ella hubiese podido vivir viajando dentro de su mismo país.
| Sus primeros años en Cartago-Valle |
Santa Rosa de Viterbo-Boyacá era ahora su lugar de residencia, donde debió repetir un semestre de octavo grado por la diferencia de calendario respecto al lugar de donde venía. “Fue horrible…Otra vez perdí álgebra; perdía álgebra en Palmira, perdía algebra en Boyacá… me dio muy duro hacer amigas, pero igual las hice y tenía muy buena relación con ellas…Y era muy charro porque salíamos a bailar carranga; me tocó pasar de la salsa a la carranga; de las reuniones donde uno escuchaba a todos los tíos hablando de Héctor Lavoe, de Ruben Blades, de Willie Colón a pasar a escuchar a los Carrangueros de Ráquira, a Jorge Veloza con su gente…Entonces siempre fue muy duro”.
Entre risas va dibujando con palabras lo que recuerda de esa tierra fría que le enseño a tratar a los demás de “su merced”, a conocer lo bonito de los paisajes colombianos y la cultura que cada pequeña población puede albergar. Así, a pesar de los malos momentos que tuvo que pasar, es más lo bueno que saca de cada viaje que debe emprender.
“Ya otra vez tenía mi vida organizada en Boyacá, conocí una persona que quise mucho: uno de mis primeros novios estables…tuvimos un problema y yo nunca hice nada para resolverlo, igual yo sabía que algún día me tenía que ir…” Efectivamente eso tarde o temprano sucedería, aunque no de una forma tan fácil de aceptar como las otras.
Cuando se enteraron de que el abuelo materno de Daniela tenía cáncer, inmediatamente se solicitó el traslado de su papá para Andes-Antioquia. Otra vez se derrumbaría todo lo que ella había edificado buscando tener un buen futuro asegurado, aunque fuese en un lugar totalmente diferente al que disfrutó durante toda su infancia y principio de su adolescencia.
Andes, definitivamente, iba a ser el lugar donde Daniela, en compañía de su familia, decidiría por fin qué iba a pasar con sus planes para el futuro que iban y venían conforme le tocaba cambiar de ciudad, costumbres y amigos.
Allí, rodeada por la familia materna y con el apoyo de su hermana, a la que quiere con todas sus fuerzas, se acostumbraron más fácilmente a su nuevo lugar de residencia. “A ella no le han dado duro los traslados porque a mi hermanita la han cogido en esa época de niñez que es súper fácil y vos no tenés nada y sos Dios me llevé Dios me traiga…y yo conozco, y yo vivo y rico!...Pero a mí me cogió en plena adolescencia, donde se supone que uno era rebelde… yo reclamé muchas veces!”.
A pesar de los reclamos y las constantes discusiones con sus papás a causa de los viajes reconoce que en Andes cambiaron las cosas, aunque no era su lugar favorito para vivir. “En Andes volví a ser yo… aunque otra vez fue lo mismo; llegué aquí a que todo el mundo me gozara, porque yo hablaba de su mercé, y lo mezclaba con el mirá ve del valle, entonces cuando llegué aquí era: ve, mirá ve, vos, sí pues, su mercé…Era una mezcla inmunda de cosas entonces todo el mundo me gozaba…Nunca me gustó vivir en Andes… Para mi Andes era vacaciones”.
En este municipio, ubicado en el suroeste antioqueño Daniela dio pasos decisivos: oficializó su relación con quien fue su mejor amigo durante más de dos años y ahora llevan más de tres años como novios; terminó el colegio siendo una “orgullosa egresada del Bachillerato Agropecuario” modalidad que eligió por la presión de su madre y su abuela, pero no fue impedimento para ser la mejor del curso y estar becada por su buen rendimiento académico, y luego de su graduación otra vez empacó maletas para emprender un nuevo rumbo.
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| La familia permanece unida de corazón a pesar de que Daniela ya no vive con ellos |
“Otra vez tenía que tomar una decisión…Yo sabía que en Andes no había un futuro para un joven y tuve que volver a migrar, esta vez a Medellín. Tuve la posibilidad de irme para el Valle, para Pereira…Pero más que todo por mi novio y mi familia yo no quise viajar”.
Con tan sólo diecisiete años, y el susto propio de quien deja a su familia para perseguir sus sueños, Daniela decidió estudiar Comunicación Social en Medellín, ya que era lo que más se acercaba a lo que siempre había querido estudiar “Licenciatura en literatura”, y era la posibilidad de independizarse de su familia, pero al mismo tiempo tenerla relativamente cerca ya que era la primera vez que viajaba sin ellos.
“Vivo un poco lejos de mi familia, con un primo…Es bastante duro, hay unos ataques de soledad muy fuertes. Pero igual, siempre que he cambiado ha sido para bien.” Después de seis semestres en Medellín, formándose como profesional y viajando mínimo una vez por mes donde su familia y su novio que aún viven en Andes, Daniela disfruta de su juventud con la madurez propia de quien ha debido afrontar cambios tan fuertes a lo largo de una vida relativamente corta.
“Ahora el pensamiento es volver a viajar. La idea es irme para Lima-Perú el semestre que viene…Y es el pensamiento mío toda la vida: viajar. Es que estoy segura de algo: el hecho de haber pasado por tantas partes, haber conocido tanta gente, tener tan buenos amigos y tan buenos recuerdos me ha enriquecido y me ha ayudado a madurar antes de tiempo…El hecho de saber que yo puedo tener mil planes en mi vida pero que todos se pueden caer, de que me hayan vuelto un poquito más de piedra, el hecho de haber aprendido a llorar de haber aprendido a sentirme sola y muchas veces aprender que esa soledad también me enriquece”.
Así concluye ella el recuento que ha hecho de sus viajes, de su vida, de su experiencia por Colombia en estos 19 años que le han alcanzado para vivir innumerables experiencias. Mientras mira la hora de nuevo se da cuenta que ya es momento de ir a subirse al metro, en el que no hará un viaje a otra ciudad, pero irá donde su abuela quien tiene en este omento la última palabra para aprobar su viaje de intercambio a Perú.
Como dato adicional me dice “Ah…y en este momento hay posibilidad de que vuelvan a trasladar a mi papá y que mi familia vuelva a viajar, pero como ya soy una mujer hecha y derecha…”.

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